Pero, por la misma razón que me gusta mezclar el queso con la mermelada o las espinacas con las pasas, o el pollo con la manzana, lo que más me gusta es contrastar lo que ahora ven nuestros ojos con mis recuerdos de niñez. Aquel puerto desaliñado, sucio, con olor a pescado de cuando yo era niña. Algunos domingos íbamos a pasear al puerto, y yo me fijaba en los pescadores reparando las redes, en sus barcas llenas de parches, en los abuelitos que, con la mirada perdida en el mar infinito, sujetaban la caña con una mano y un "caliqueño" con los dedos de la otra: "¡Rubia! ¿Quieres pescar?" Y yo les contestaba con una mueca, arrugando la nariz, porque era una niña demasiado fina para plantearme siquiera agarrar una lombriz y enroscarla alrededor del anzuelo y clavarla en él para que los peces no se la llevaran así, como si nada...
Ayer me llenó de ternura la observación de un anciano, que, mientras miraba la majestuosa salida de los barcos a nuestro lado, y con ese acento de los valencianos auténticos, en un tono entre alegre y nostálgico, gritó: "¡La Mare de Deu! ¡Si Blasco Ibañez alçara el cap!" Todos los que estábamos a su alrededor le miramos, nos miramos y sonreímos, mientras veíamos alejarse, imponente, la última embarcación llena de deportistas bronceados, ricos y ávidos de batalla.
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