sábado, 10 de mayo de 2008

Intercambio


“Los viajes son en la juventud una parte de la educación y, en la vejez, una parte de la experiencia.”
Francis Bacon
“Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía.”
José Vasconcelos
“Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia.”
Enrique Jardiel Poncela
“Los viajes enseñan la tolerancia.”
Benjamín Disraeli


Cuando el pasado febrero nos visitaron Timo Gerdes y Chelo Reig con sus alumnos del Gesamtschule de Eidelstedt , nuestra visita a Hamburgo nos parecía todavía muy lejana. Pero, como suele ocurrir, “tempus fugit”, y sin darnos cuenta ya estábamos en Manises con nuestras maletas preparadas y nuestros pasaportes en la mano.
El aleteo de mariposas en nuestros estómagos era general: Por una parte, los había que iban a volar por primera vez en avión. Otros pensaban que les iba a resultar imposible entenderse con sus familias de acogida (aunque cada día intentamos eliminarlo, todavía queda en su inconsciente el eterno prejuicio: “El alemán es un idioma imposible. Nunca conseguiré dominarlo”).
A algunas chicas parecía preocuparles más que sus maletas, repletas de regalos y de modelitos, llegaran sanas y salvas a tan lejano destino.
Y luego estábamos Eva y yo. Ambas muy ilusionadas, pero algo sobrecogidas ante la responsabilidad de llevar casi de la mano a diecisiete adolescentes a un país extranjero, y con la natural incertidumbre de quien no sabe lo que el destino puede depararles. A ello se añadía la congoja de tener que dejar a nuestros respectivos retoños en otras manos durante más de una semana (hay que ver, estas madres...).
El viaje, con escala en Palma, transcurrió sin incidentes, exceptuando la intervención de una pasajera que, en el último tramo del vuelo, se quejó del “excesivo revuelo” creado por nuestros chicos. Incluso se permitió el lujo de asegurar que nuestra estancia en Hamburgo iba a ser muy corta si no aprendían a estar calladitos. Este típico caso de intolerancia alemana al ruido, al que nos negamos a dar excesiva importancia, nos sirvió sin embargo para que todos comprendieran que nos acercábamos a un país en el que las reglas de conducta son con frecuencia muy distintas a las españolas. De todo se aprende...
La llegada al aeropuerto de Fuhlsbüttel, en Hamburgo, fue espectacular: gritos, besos, abrazos, y una enorme bandera de Hamburgo con mensajes de bienvenida en español y en alemán. Y a partir de ahí, cada uno, se dirigió a su respectiva casa, con su nueva familia.
Aunque parecían estar en muy buenas manos, nuestro teléfono permaneció en todo momento encendido y alerta ante la posibilidad de alguna llamada pidiendo socorro, o quizás en busca de consuelo, o consejo, ... pero en ningún momento se produjo esa llamada.
Cuando veíamos a nuestros chicos, los notábamos contentos, integrados a tope, sin nostalgias, muy sueltos con el idioma, con ganas de saber, de ver, de conocer. Qué gusto nos daba comprobar que en su conversación con los compañeros y con nosotras introducían expresiones alemanas que aprendían cada día. También los alemanes hacían sus pinitos con el español. Imaginad lo curioso que resulta escuchar a un alemán diciendo “Pero qué fuerrrrrte!”, intentando imitar la entonación de sus amigos españoles.
Y qué satisfacción comprobar que, sin darse cuenta e incluso divirtiéndose, nuestros chicos y sus compañeros estaban ampliando horizontes, conviviendo con personas que viven de otro modo, haciéndose más tolerantes, creciendo, madurando.
Dedicamos un día a visitar el centro de Hamburgo con la ayuda de una guía local. El tiempo (que fue espléndido en general) fue aquel día especialmente agradable, cálido y soleado. Gabriele, nuestra guía, hablaba un español con marcado acento alemán, y sus expresiones nos hicieron sonreír disimuladamente en más de una ocasión (sobre todo cuando, mientras nos hablaba de los platos típicos hamburgueses, nos quiso hablar de lo que ella llamaba “el pollo femenino”).
Paseamos por Hamburgo durante dos horas (ni un minuto más ni uno menos de lo que habíamos contratado). Salimos del Hauptbahnhof (Estación Central), y anduvimos por la orilla del Alster, afluente del Elba que forma justo en el centro de Hamburgo una especie de lago lleno de cisnes y barcos de vapor que le dan una de sus imágenes más características y un aspecto casi de cuento. Después de visitar el espectacular Rathaus (Ayuntamiento) y otros puntos turísticos por excelencia, descansamos para comer y completamos la visita con un viaje en un bus turístico de otras dos horas, con lo que todos se pudieron hacer una idea bastante clara de lo que es la segunda ciudad más grande de Alemania y uno de los centros comerciales y culturales más importantes de Europa.
El día anterior a la vuelta realizamos una actividad conjunta alemanes y españoles. Aprovechando la gran cantidad de canales que surcan la ciudad, dimos un memorable paseo en canoa, que nos permitió comprobar que debe ser cierto el dato de que Hamburgo cuenta con más puentes que Amsterdam y Venecia juntas (por algo se la llama “la Venecia del Norte”) El paseo incluía un descanso con picknick en un precioso parque. Aquella actividad tuvo consecuencias variopintas: el esfuerzo de unos (o la tendencia al relajo de otros), la pericia al remo (o su ausencia) y, por ende, la competitividad que entrañaba esta actividad, hizo que afloraran tensiones que habían permanecido ocultas, y ante nuestra sorpresa se produjo algún que otro “encontronazo”, que se resolvió pronto sin mayores consecuencias. Esto nos hizo pensar mucho a profesores alemanes y españoles, y decidimos por unanimidad que en futuras ocasiones se propondrían actividades de tipo más cooperativo, que tiendan por lo tanto mucho más a unir que a separar.
La despedida volvió a ser emocionante, sentida y muy, muy larga. Alemanes y españoles no conseguían separarse del todo, de modo que Eva y yo decidimos irnos solas hacia la puerta de embarque. Cuando los nuestros vieron que iba en serio, hicieron la última foto, se dieron el último abrazo y, con paso lento y triste, acabaron por seguirnos. A mitad de camino, nos pusimos de acuerdo y gritamos a coro un fuerte “Tchüss!!!!!” a modo de despedida común.
Poco antes de coger el avión de vuelta, pedimos a todos que pusieran una nota de 0 a 10 al viaje. La nota más baja fue de 8. Nosotras estuvimos de acuerdo en ponerles a ellos un 10.
Y lo mejor es que ya hay planes de nuevos contactos. Parece que se han forjado verdaderas amistades.