domingo, 29 de noviembre de 2009

Las tres edades de la mujer.

Gustav Klimt (1862- 1918).
El mundo, en la obra de Klimt, tiene rostro de mujer. Siempre sensual, a menudo misteriosa, a veces terrorífica, la feminidad está omnipresente en su obra. Taciturno, rozando a veces la grosería, los allegados de Klimt lo describían como torpe en la vida, un solitario al que no le interesan las obligaciones sociales y que únicamente encuentra la felicidad en su trabajo.


"Las tres edades de la mujer"
Gustav Klimt, 1905

Galleria Nazionale d´Arte Moderna, Roma




Un niño se ovilla junto a su madre. Los dos están dormidos y se funden en un abrazo tierno y conmovedor. Acurrucado contra el escaso pecho materno, el pequeño parece impregnarse de quien le ha dado la vida, de su calor y su amor.
Como siempre en Klimt, los elementos decorativos más oníricos se mezclan con detalles hiperrealistas: el dedo pequeño del niño aparece un poco separado, como para captar mejor la dulzura tibia de la piel materna. Su cabello está despeinado, ensortijado y pegado a la piel por la transpiración del sueño. La cabeza encajada en el hombro, para formar mejor un cuerpo con su madre.
El niño absorbe, y la madre protege. La madre le alimenta, corazón contra corazón. Y, cabeza contra cabeza, parece transmitir al niño que él es su pasado y su futuro. En esta escena hay una herencia y una promesa…

 “¿De dónde sacamos ese concepto de felicidad? Si reside en nuestra memoria es que hemos sido felices en otro tiempo.”
San Agustín

Hoy día sabemos que los alimentos afectivos resultan indispensables para el ser humano. Privados de afecto, los niños mueren, ya sea desde el punto de vista físico o psíquico. Y los adultos en que se convertirán los que sobrevivan tendrán dificultades para encontrar la felicidad.
Quizá ser feliz es recuperar, despertar el recuerdo de la felicidad pasada, de la primera felicidad que se sintió: la de ser amado y protegido. Las felicidades de la infancia permiten acceder más tarde a todas las formas de felicidad adulta.

Pero si no se ha tenido la suerte de recibir a una edad muy temprana la huella de la felicidad, no queda más remedio que ponerse a trabajar. Siempre es posible aprender la felicidad, aunque ésa no haya sido nuestra “lengua materna”. Porque la felicidad no se fundamenta sólo en un depósito más o menos grande de recuerdos. También implica una voluntad, predisposición, y el deseo de sentirse feliz, y hacer esfuerzos para lograrlo.




Si ampliamos el campo de visión en el cuadro de Klimt, alrededor de la madre y el niño, descubrimos un universo inquietante: enormes zonas oscuras, la penumbra, el cuerpo estropeado de una anciana, …

La vida humana es dura, trágica en ocasiones; el tiempo que pasa siempre deja herida en nuestra carne. ¿Cómo resistir a la melancolía, a la desesperación?
Precisamente gracias a esa búsqueda obstinada, torpe en ocasiones, de trascendencia, de plenitud, que vamos persiguiendo, y que a veces encontramos en el sentimiento de la felicidad. Gracias a esa convicción casi animal de que la felicidad existe y que, por lo tanto, no es algo alocado ni vano buscarla.

 “La felicidad, idea animal…”
Paul Valéry

Ser feliz no es un lujo, sino una necesidad. Es lo que hace psicológicamente posible la vida.

“La felicidad no es el fin, sino el medio de la vida.”
Paul Claudel