sábado, 14 de noviembre de 2009

Weimarer Götterfunken - Chispas divinas en Weimar.

Casa de Schiller y Museo.


De mis clases de Historia en el Colegio Alemán de Valencia recuerdo milagrosamente una enorme parte de su contenido, probablemente por mi enorme admiración hacia Helmut Graf, mi profesor de Historia por aquel entonces. Esa admiración perdura a través del tiempo, y todavía utilizo y aplico a mi vida muchas de las frases que él repetía una y otra vez en clase, y que tenían que ver mucho más con una filosofía de vida, de la que me impregné para siempre, que con una mera información histórica.



Pues bien, Herr Graf me habló por primera vez de Weimar, una ciudad del Bundesland Thüringen (Estado de Turingia), situada a orillas del río Ilm. La historia de aquella ciudad me fascinó desde el primer momento, porque Weimar había sido durante siglos uno de los lugares con mayor riqueza cultural de Europa. Fue hogar de grandes personajes como Martin Luther, Johann Sebastian Bach, Johann Wolfgang von Goethe, Friedrich Schiller, Wilhelm Nietzsche, Hans-Christinan Andersen o Franz Liszt, entre otros. Y ha sido siempre un lugar de peregrinación para la intelectualidad alemana, desde que Goethe se trasladó por primera vez a la ciudad a finales del siglo XVIII, convirtiéndola a principios del XIX -con la ayuda de numerosos artistas e intelectuales- en el centro cultural de la Europa de la época.


Parque sobre el río Ilm.

Weimar clásico es el conjunto de las edificaciones declaradas como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1998, basándose en la alta calidad artística de los edificios y parques públicos y privados tanto en la ciudad como en sus alrededores, que son testimonio del florecimiento cultural del período clásico en Weimar.


Goethe-Schiller Denkmal (Estatua de Goethe y Schiller)

Pero Weimar también se relaciona estrechamente con la historia alemana. La Weimarer Republik (República de Weimar) fue el régimen político y, por extensión, el periodo histórico que tuvo lugar en Alemania tras su derrota al término de la Primera Guerra Mundial, entre los años 1919 y 1933. Aunque en aquella época el país conservó su nombre de Deutsches Reich (Imperio Alemán), posteriormente se ha denominado así a ese período histórico porque fue en Weimar donde se reunió la Asamblea Nacional constituyente y se proclamó la nueva constitución, que entró en vigor en 1919. En 1933, la República de Weimar dejó de existir, ya que el triunfo de Adolf Hitler y las reformas llevadas a cabo por los nacionalsocialistas la invalidaron, instaurando una dictadura totalitaria, el llamado Tercer Reich.

La era del Nacional Socialismo y la Segunda Guerra Mundial dejaron en Weimar hondas heridas. Weimar llegó a convertirse en el centro neurálgico del Nacional Socialismo; y de forma dolorosa, el nombre de Weimar ha quedado ligado para siempre al campo de concentración de Buchenwald, situado a las puertas de la ciudad sobre un monte llamado Ettersberg. Pero, al igual que la mayor parte de las ciudades alemanas, castigadas cruelmente en el infierno de la guerra, Weimar supo curar sus heridas y edificar maravillas sobre las ruinas del sufrimiento.


Parque sobre el río Ilm con la casa de campo de Goethe y su jardín.


Casa de Johann-Sebastian Bach de 1708 a 1717.


A veces, los deseos se cumplen. Y así fue cómo, hace unos años, por fin, tuve la oportunidad de visitar Weimar. Como siempre que algo me produce entusiasmo, respiré hondo e intenté convencerme de que la imagen idílica que Herr Graf me había trasladado de esta pequeña ciudad no se iba a corresponder con la realidad (es una forma de autoprotección contra la decepción, que suelo utilizar con frecuencia). Pero la sorpresa fue que no sólo no me decepcionó, sino que aquella tranquila, silenciosa, verde, pacífica e híper-culta ciudad, consiguió dejar en mí una huella imborrable. Paseando por aquellas calles me sentí parte de una de las páginas más brillantes de la historia de la humanidad. Como suele ocurrirme cuando la belleza me sobrepasa, creo que apenas hablé durante todo el recorrido (éste es otro de mis métodos para intentar retener la belleza con mayor eficacia). Y cuando abandoné Weimar, recuerdo que intenté hasta el último momento llenarme los ojos y los pulmones de aquella atmósfera tan única, y me sentía orgullosa al pensar que Goethe, Schiller, Bach, y tantos otros genios lo habían hecho antes que yo. Y durante el camino a casa (una casa de madera alquilada, situada sobre un río, en mitad de un bosque...), medité satisfecha sobre la grandeza del espíritu humano.

Exactamente igual que ayer, cuando salí del Palau de la Música de Valencia, emocionada todavía tras escuchar por enésima vez la 9ª Sinfonía de Beethoven. Iba yo pensando en lo glorioso que puede llegar a ser un artista, capaz de una creación así, y canturreando la “Ode an die Freude”, cuando llegando a las sublimes palabras de Schiller “Freude schöner Götterfunken” ("Alegría, hermosas chispas divinas”), recordé un precioso parque de Weimar, sede de la casa de campo de Goethe, en el que vi esa maravillosa palabra alemana “Götterfunken” ("Chispas divinas"), clavada con enormes letras en el suelo. Y me prometí a mí misma sacar aquellas fotos del olvido y colgarlas aquí para compartir uno de mis grandes tesoros.

Preciosa puerta con decoración de sirenas en un restaurante del centro de Weimar.