sábado, 21 de abril de 2007

No demos margaritas a los... viajeros del metro en hora punta.

Precisamente, "El País" publicaba hace poco este curioso artículo (a la vez que enormemente decepcionante por su contenido) que reproduzco aquí por venir muy a cuento del artículo anterior.
(En la foto: Joshua Bell en concierto y la leyenda: "Donde la música se hace alma: donde el alma se hace música.")

IMPASIBLES ANTE UN STRADIVARIUS

Los viajeros del metro de Washington no reconocen al violinista Joshua Bell
YOLANDA MONGE - Washington - 10/04/2007


El estuche que recoge el puñado de dólares es el de un Stradivarius de 1713, instrumento que con un solo arañazo vería desvirtuado el sonido que se le arranca de sus cuerdas. Reposa sobre el suelo de una de las más concurridas estaciones del metro de Washington en hora punta. La gente deja caer en él billetes de un dólar; monedas de 25 centavos... incluso nickels (de uno), como si su propietario fuera uno más de los muchos músicos callejeros que pueblan el suburbano de la capital de Estados Unidos.
Nadie sabe que el sonido proviene de un violín valorado en más de tres millones de dólares. Nadie sabe que quien toca la Chacona de la Partita número 2 en do menor, de Johann Sebastian Bach es uno de los mejores violinistas del mundo. ¿Qué está pasando? ¿Qué hace Joshua Bell, ataviado con vaqueros, camiseta de algodón y gorra de béisbol de los Nationals a la entrada del metro de L'Enfant Plaza, en pleno corazón gubernamental de Washington? ¿Acaso el niño prodigio que a los cuatro años colocaba gomas en los tiradores de los cajones y creaba melodías con ellas al abrirlos y cerrarlos ha caído en desgracia? ¿No había colgado Bell el cartel de "no hay entradas (de a 100 euros)" a principios de año en el Boston Symphony Hall? ¿Es éste el músico de 39 años que hoy recogerá en el Lincoln Center de Nueva York el prestigioso Premio Avery Fisher?
Lo es. Y amablemente se prestó en enero al "experimento" realizado por el diario The Washington Post, que un día se hizo esta pregunta: ¿Pasaría inadvertido uno de los mejores violinistas del país tocando en plena hora punta en el metro de Washington? La respuesta ha sido algo triste: sí. Y contradijo a Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de EE UU, quien aseguró que el músico recaudaría unos 150 dólares y que, de 1.000 personas, al menos 35 se detendrían formando un corrillo, absortas por la belleza de la música. Hasta un centenar, según Slatkin, echaría dinero en la funda del violín.
Nada de eso pasó. Bell se dejó la piel tocando piezas maestras durante 43 minutos. 1.070 personas pasaron por delante de él, según el Post. Sólo siete se quedaron a escuchar y a observar más de un minuto.
Teléfonos en los oídos, sorbos al café y paso rápido. La reacción general fue de total indiferencia. Tan sólo 27 personas le dieron dinero al violinista. En total, Bell almacenó en la funda de su Stradivarius 32 dólares y algo de calderilla. "No está mal", bromea, "casi 40 dólares la hora... podría vivir de esto. Y no tendría que pagarle a mi agente".
Aunque el metro de Washington no es uno de los más coloridos del país, a la gente no pareció extrañarle que uno de tantos músicos callejeros cambiara la habitual guitarra por las dulces notas del violín. "Sí, sí que he visto al violinista", confesó una usuaria del metro a un reportero del Post, "pero nada me ha llamado la atención". En el vídeo que grabó el periódico se ve a un niño de tres años que quiere quedarse un rato más. Pero su madre no tiene tiempo y le empuja escaleras arriba. "Mi hijo quería quedarse a escuchar. Pero yo tenía prisa".
Tan sólo una mujer le reconoció. Stacy Fukuyama, que trabaja en el Departamento de Comercio, llegó casi al final de su actuación. No lo dudó ni un segundo: el que tocaba el violín no era ningún artista callejero. Le había visto hacía tres semanas en un concierto en la Biblioteca del Congreso. Y se quedó mirando, atónita, hasta que la última nota salió del Stradivarius. "Ha sido lo más impactante que he visto en Washington", reconoce. "Joshua Bell estaba allí tocando en hora punta, y la gente no se paraba, ni siquiera miraba. ¡Algunos incluso le echaban monedas! ¡Cuartos de dólar! Yo eso no se lo haría a nadie". Lo que más extrañó a Bell, sin embargo, fue que al final de cada pieza no pasaba "nada". Nada. Ni un bravo, ni un aplauso. Sólo silencio.