miércoles, 18 de julio de 2007

EL VERANO


El verano, aunque suele ser sinónimo de vacaciones, suele suponer también una letanía de quejas: no se puede aguantar, qué bochorno, no hay modo de dormir... Y, avivado por las palabras, el calor puede que apriete más todavía, sofocará, y hará que muchos se precipiten a cualquier casa, tienda u oficina climatizada como si una bocanada de calor fuera a alcanzarlos fatalmente. Todos pondremos en marcha nuestros aires acondicionados y batiremos un nuevo récord de consumo energético.
Es curioso observar que el hombre, con su empeño en dominar la naturaleza, va perdiendo su capacidad de adaptación y se vuelve más vulnerable.
Las culturas acunadas por el calor han aprendido a apreciar el rumor del agua corriendo, el valor de la quietud y el paso lento a los que el calor obliga. Está también la lectura de un buen libro a la sombra de un árbol, el placer de un granizado de limón hecho en casa, o la siesta amenizada por el concierto estridente de las cigarras. O una rodaja de sandía fresquita a media tarde. O un chapuzón refrescante en el mar cuando cae el sol...
En verano deberíamos ser capaces de aceptar sin reservas ese calor en la piel que invita al disfrute sensual, de vivir sin prisas...