martes, 10 de junio de 2008

Obama.


40 años después de Robert Kennedy
La batalla de las ideas y el deseo de cambio también dominaron las primarias demócratas en 1968
El país -FRANCISCO G. BASTERRA 06/06/2008 (Resumen)


Acababa de ganar las primarias demócratas de California. Era joven, atractivo, provocaba profundas emociones, y también odios. Faltaban 20 minutos para la medianoche del 5 de junio de 1968. En el hotel Ambassador de Los Ángeles, junto a su mujer Ethel, embarazada de su 11º hijo, había afirmado que pretendía acabar con la división que vivía EE UU desde hacía tres años: "Entre negros y blancos, entre los pobres y los más ricos, entre los jovenes y los mayores, o sobre la guerra de Vietnam". Concluyó diciendo: "Podemos trabajar juntos y esta idea será el fundamento de mi campaña". Las mismas ideas que machaca hoy Barack Obama. Hoy, Irak, ayer Vietnam. Bobby Kennedy abandonó el podio estrujado por sus enfervorizados seguidores. Tenía que enfrentarse a la prensa en una sala contigua.
Bob, como Obama hoy, quería acabar con la división que vivía EE UU. Prometió resolver los problemas raciales con gestos hacia los negros.
Robert Fitzgerald Kennedy, con ojeras marcadas en un rostro agotado por la campaña a la que había imprimido un ritmo emocional trepidante, acompañado por su mujer y una seguridad mínima, decidió volver a atravesar las cocinas. El estrecho pasillo estaba repleto de cocineros, pinches, lavaplatos, botones. Bobby avanzaba estrechando manos. Acurrucado en una mesita para recoger bandejas le esperaba un palestino delgado, de baja estatura y pelo tupido. Sirhan Sirhan, de 24 años, se levantó, quitó el papel que ocultaba su revólver del calibre 22 y disparó a quemarropa contra el vencedor de las primarias.
Robert Kennedy, que pretendía continuar la leyenda familiar concluyendo la presidencia inacabada de su hermano Jack, asesinado en Dallas hacía sólo cuatro años y seis meses, se desplomó con el cráneo destrozado. Sirhan Sirhan fue reducido mientras gritaba: "Déjenme explicarlo. Lo he hecho por mi país. Amo a mi país".
Cuarenta años después del magnicidio el mundo es completamente diferente. Pero la política norteamericana, la batalla de las ideas, el deseo de cambio tras una presidencia de George W. Bush absolutamente fracasada, quizás no sea tan distinta. Los Kennedy pretendieron crear una dinastía presidencial, sin lograrlo. Los Bush lo consiguieron. Y ahora los Clinton lo han intentado rozando el éxito. Barack Obama tiene 46 años, tres más que Bobby Kennedy cuando fue asesinado, y representa como él la llegada de una nueva generación a lo más alto de la política en EE UU. Empujado en gran medida por la gente joven, como Bobby, el candidato negro demócrata a la Casa Blanca surfea en una ola gigante de ilusión y cambio. Asistimos a la Obamanía como hace cuatro décadas se vivió la Kennedymanía.
Hillary Clinton no ha entendido este cambio sociológico. Y en su desesperación por ver cómo un jovencito de color, sin casi experiencia previa, se atrevía a desafiar a la poderosa dinastía Clinton y a la vieja máquina demócrata de hacer política ha cometido su último error. En un acto patoso, ha recordado el asesinato de RFK relacionándolo con Barack Obama. Torpe desesperación o no, en EE UU hay asuntos que es mejor no mentarlos. Usar, como han hecho los Clinton, la raza de Obama y hablar del voto de "los buenos americanos blancos" es todavía hoy jugar con fuego. Sobre todo, cuando circulan chistes infames de "negro en la Casa Blanca, blanco perfecto".
Estados Unidos, al igual que hace 40 años, vive sacudido por una guerra. Irak es un importante caballo de batalla en las elecciones de noviembre. Obama promete una retirada gradual y a plazo medio del país mesopotámico, aunque vaya matizando su postura a medida que ve más cerca la Casa Blanca. Robert Kennedy construyó su campaña presidencial en 1968 sobre el fin de los bombardeos sobre Vietnam y el cierre de la guerra asiática en la mesa de negociaciones.
En abril, sólo dos meses antes del asesinato de Robert Kennedy, un fanático blanco mataba al líder negro Martin Luther King que pretendía un cambio pacífico a través de la lucha por los derechos civiles de la minoría de color y el entendimiento con los blancos. Bobby voló a Memphis, donde asesinaron al líder negro, y se dirigió a 700 personas para decirles: "Debemos hacer un esfuerzo, como lo hizo Martin Luther King, para comprender con compasión y amor. Yo tuve un miembro de mi familia asesinado, pero fue muerto por un hombre blanco. No necesitamos la violencia, sino la compasión hacia el otro, y un sentimiento de justicia hacia los que aún sufren en nuestro país, sean blancos o negros".
Este discurso transversal es en gran medida el mismo que utiliza Obama, quien no quiere un país dividido por razas, géneros, generaciones o demócratas y republicanos. Es el sueño político del fin de las trincheras.
Ocho años después del asesinato de RFK, los demócratas regresaban a la Casa Blanca. Robert Fitzgerald Kennedy fue enterrado en el cementerio nacional de Arlington como un héroe estadounidense, junto a su hermano John. Fue velado en la catedral de San Patricio, en Nueva York, donde hasta los hippies hicieron cola para despedirle. Sonaron la Quinta Sinfonía de Mahler y el Aleluya del Mesías de Haendel en su funeral. Un tren con su féretro, que paró en todas las estaciones repletas de gente que le daban su último adios, trasladó los restos de Robert desde Nueva York hasta Washington. En España recuerdo haber visto el trayecto del tren y el acto final en Arlington, en directo por TVE en un granuloso blanco y negro. Lo comentó Jesús Hermida.
¿Cómo habría sido una presidencia de Robert Kennedy en 1968? ¿Cómo sería una presidencia de Barack Obama en 2009?