La lengua alemana, rica en vocablos como pocas, dice que cuando uno siente nostalgia del hogar, padece “Heimweh” (Heim = hogar / Weh= dolor). En español tenemos también la palabra “morriña”, una bonita palabra de origen gallego para designar la añoranza por el hogar, la tierra natal, por todo lo que nos resulta familiar y conocido.
Y también dice que hay un dolor por NO hallarse lejos, el desasosegante deseo continuo por conocer lugares nuevos, por viajar por el mundo. Es lo que llama “Fernweh” (Fern= distancia / Weh= dolor). Fernweh es, en suma, la añoranza de países lejanos, la pasión por los viajes, la nostalgia de lo que no conocemos todavía. Y aunque es un sentimiento muy humano y relativamente frecuente, no existe ninguna palabra equivalente en español.
La mañana del veintisiete de junio me desperté en un dormitorio desconocido. Miré por una ventana nueva y todo lo que vi, incluida la ventana, era distinto y desconocido. Todo indicaba que estaba dentro de un mundo nuevo, y que tenía todo un día por delante para dejarme llevar por él. Poco a poco, mientras la ventana y lo que veía a través de ella se iban haciendo más familiares, se fue apoderando de mí un profundo Heimweh.
Curiosamente, como un yin y un yang de fuerzas aparentemente opuestas y complementarias, al mismo tiempo que mi Heimweh vaya desapareciendo, el espacio que éste ocupaba, empezará a ser ocupado por un profundo Fernweh, que es siempre de mayor duración, y que, desgraciadamente, sólo logro calmar en periodos vacacionales.
Me temo que nunca estaré sana del todo. Es evidente que estoy condenada a padecer uno u otro. Afortunadamente, los dos “dolores” se calman mutuamente y acaban siempre teniendo cura.
Gracias por acompañarme en este afortunado, verde y bellísimo periplo británico.
See you soon at home (“...sweet home”).




