
Cuando Charles Dickens llegó a Broadstairs, un pueblecito costero al este del condado de Kent, tenía veinticinco años y ya era famoso como autor de los ”Pickwick Papers”, una novela por entregas que estaba a punto de completar. Alquiló una casita en la 12 High Street y se puso a trabajar en el final de la historia. Dickens volvería una y otra vez a Broadstairs hasta 1851.
La casa, hoy convertida en museo, pertenecía a Miss Mary Pearson Strong, la cual sirvió a Dickens como inspiración para el personaje de Miss Betsey Trotwood, tía abuela del famoso David Copperfield.
Los guías del museo son dos abuelitos con barba blanca y ojos azules, que en un inglés que parece copiado de una novela del mismísimo Dickens, narran con paciencia y pasión –mientras les brillan los ojillos azules- la vida y obra de este genio de la literatura victoriana. Durante la visita, el primero de ellos, me pide permiso para coger mi mano – “Can I take your hand, Miss?”- y la coloca sobre el escritorio original de Dickens. “Now, you can say you´ve come into direct contact with Mr Dickens. Not everyone can say so!” ( Ahora ya puede decir que ha tenido contacto directo con el señor Dickens. No todo el mundo puede decirlo!)
Todavía con la sensación de haber viajado atrás en el tiempo hasta el siglo XIX, salgo de la ilustre casa y recibo una bocanada de aire salado, refrescante, conocido y nuevo a la vez. Porque esta orilla suena también a gaviotas, a olas y espuma de mar, pero no es la mía. El Mar del Norte me llama hasta la misma orilla, y me susurra que es un mar hermano, y me da recuerdos para mi Mediterráneo. Y me lo dice con un azul distinto, y con un acento británico con el que seguramente ya se dirigió antes al Sr. Dickens. Un honor compartir la voz del mar con él.
Vuelvo a Canterbury con el aire marino agarrado al cuerpo, saciada de sal y caracolas, agradecida a este mar inglés, y encuentro a mi llegada a Canterbury un precioso regalo:
Such a perfect day!



