Madura, dulce y buena como un fruto
te me pusiste, amada.
Tan madura que fuiste, lentamente,
madurando la casa.
Tu vientre, rebosante por el hijo,
era como una tierra cultivada.
Estabas tan inmensa, tan inmensa,
tan llena de ternuras y esperanzas,
que no podías entrar a los rincones
porque ya no cabías. Bajo las sábanas,
en el lecho nupcial, había un olor
como de estrellas blancas
cortadas con la mano,
como de avemarías
rezadas en la infancia.
Todo olía a ternura en nuestra alcoba.
Todo olía a cosecha en nuestra casa.
Y un día - como una fruta muy madura,
muy herida y muy blanda -
te dividiste por la mitad, despacio,
y hasta el viejo recuerdo trascendió a ropa blanca.
A mi alma bajó una estrella dulce,
tierna como una cántara.
Y mi alma, contagiada de cosecha,
se maduró también, como la casa....

